miércoles, 29 de abril de 2015

CÓMO SERÍA MI CASA SI FUERA UNA PERSONA

Esa persona sería un animal.
Y ese animal sería grande; por lo menos,  grande
como un caballo de tiro. Rumiaría, como las vacas,
con varios estómagos.
Nadie podría seguirlo 
hasta la espesura del matorral para presenciar
sus hábitos de apareo. Escondido por el pelaje,
el sexo sería difícil de determinar.
Definitivamente desalentaría
la investigación. Pero, si no lo molestaran,
sería un animal bueno, amigable,
confiado como un pichoncito. Su inteligencia
sería de un orden superior,
ni humana ni animal, élfica.
Y ronronearía. Aunque, claro,
tratándose de una casa, tendrías que sentarte en su regazo
y no al revés.




Versión en castellano de Sandra Toro





What My House Would Be Like If It Were A Person

This person would be an animal.
This animal would be large, at least as large
as a workhorse. It would chew cud, like cows,
having several stomachs.
No one could follow it
into the dense brush to witness
its mating habits. Hidden by fur,
its sex would be hard to determine.
Definitely it would discourage
investigation. But it would be, if not teased,
a kind, amiable animal,
confiding as a chickadee. Its intelligence
would be of a high order,
neither human nor animal, elvish.
And it would purr, though of course,
it being a house, you would sit in its lap,
not it in yours.





(de Poems 1972-1982, New Directions Publishing Corporation, 2002).

sábado, 25 de abril de 2015

EL SABIO



El gato está comiéndose las rosas:
él es así.
Déjenlo, dejen
al mundo girar,
las cosas son así.
El tres de mayo
hubo niebla; el cuatro, 
quién sabe. 
Barré la carne de la rosa, 
tirale los pedazos a la lluvia.
Nunca se come
hasta el último bocado, dice
que el corazón es amargo.
Él es así, él sabe 
del mundo y del tiempo.




Versión en castellano de Sandra Toro




Zhang Zhengyu



The Sage

The cat is eating the roses: 
that's the way he is.
Don't stop him, don't stop
the world going round, 
that's the way things are.
The third of May
was misty; fourth of May
who knows. Sweep
the rose-meat up, throw the bits
out in the rain.
He never eats
every crumb, says
the hearts are bitter.
That's the way he is, he knows
the world and the weather. 




(de Collected Earlier Poems: 1940-1960, New Directions Publishing Corporation, 1979)

viernes, 3 de abril de 2015

EL CAMBIO



Por años, los muertos
fueron el peso terrible de su ausencia,
el peso de lo que no se puso en sus manos.
Rara vez, una aparición —visión o sueño—
sostenía un instante esa carga, como quien
se para detrás y brevemente recibe
el peso de una mochila.
Pero las correas, y el dolor, seguían ahí—
aunque se puede aprender a no sentirlas
excepto cuando la memoria malvada
tira de golpe hacia abajo.
De a poco llega la sensación
de que, por un tiempo, esa carga fue
lo que de alguna manera necesitabas.
Qué endeble andar sin eso, suelto,
de acá para allá, chocando contra lo sólido.
Y después empiezan a volver, los muertos:
pero ya no como visiones. No están más
separados, no son visibles, no.
Son ellos los que ven: por segundos, minutos,
a veces más, su mirada desplaza
la del deudo. Ahora mismo,
ese cambio de luz, arpegio
en el arpa del océano—
no es el portador habitual
del peso de la ausencia el que lo vio, lo percibieron
los que murieron hace mucho, los que hace mucho están ausentes,
y miran desde nuestros propios ojos abiertos.


(Versión en castellano es de Sandra Toro).


THE CHANGE

For years the dead
were the terrible weight of their absence,
the weight of what one had not put in their hands.
Rarely a visitation--dream or vision--
lifted that load for a moment, like someone
standing behind one and briefly taking
the heft of a frameless pack.
But the straps remained, and the ache—
though you can learn not to feel it
except when malicious memory
pulls downward with sudden force.
Slowly there comes a sense
that for some time the burden
has been what you need anyway.
How flimsy to be without it, ungrounded, blown
hither and thither, colliding with stern solids.
And then they begin to return, the dead:
but not as visions. They're not
separate now, not to be seen, no
it's they who see: they displace
for seconds, for minutes, maybe longer,
the mourner's gaze with their own.  Just now,
that shift of light, arpeggio
on ocean’s harp—
not the accustomed bearer
of heavy absence saw it, it was perceived
by the long-dead, long-absent,
looking out from within one's opened eyes.



(de Sands of the Well [2da. Ed.], N.Y.: New Directions, 1998).









martes, 31 de marzo de 2015

UN ÁRBOL HABLA DE ORFEO

  
Amanecer blanco. Quietud.       Cuando empezó el rumor,
   lo confundí con una brisa marina que llegaba a nuestro valle
   con susurros de sal, de horizontes sin árboles. Pero la bruma blanca
no se agitó, las hojas de mis hermanos seguían tendidas,
inmóviles.
                   Después, el rumor se acercó—y mis ramas exteriores
se estremecieron como si, demasiado cerca, abajo
hubieran encendido un fuego y las puntas
se empezaran a secar y a enroscar.
                                                                 Así y todo, no estaba asustado, sino
                                                                 en extremo alerta.

Yo fui el primero en verlo, porque crecí
         en el pastizal de la ladera, detrás del bosque.
Me pareció que era un hombre: los dos
tallos en movimiento, el tronco corto, las dos
ramas flexibles, cada una terminada en cinco
                                                                               ramitas sin hojas,
y la cabeza coronada por follaje marrón o dorado,
con una cara no como la cara picuda de los pájaros,
         sino mas bien como la de una flor.
                                                                     Llevaba un bulto hecho de
alguna rama que doblaron cuando todavía estaba verde,
con guías de enredadera tensadas a través. De ahí,
al pulsarlo, y de su voz,
que a diferencia de la del viento no precisaba  
de nuestras hojas y ramas para completar el sonido,
                                                                                         venía el rumor.
Pero no era más un rumor (él se había acercado y
detenido en mi primera sombra), era una ola que me bañaba
             como si la lluvia
                       subiera desde abajo y alrededor
             en lugar de caer.
Y lo que yo sentía ya no era un temblor seco:
         parecía que cantaba cuando cantaba él, parecía saber
         lo que sabe la alondra; toda mi savia
             arremetía hacia el sol, que ya estaba alto,
                 la niebla se había levantado, el pasto
se secaba, y mis raíces seguían sintiendo la humedad de la música
en lo profundo de la tierra.

             Él se acercó un poco más, se recostó en mi tronco:
             la corteza se estremeció como una hoja al abrirse.
¡La Música! No hubo una rama en mí que no
                                                                 temblara de miedo y de alegría.

Después, cuando cantó
no eran solo sonidos los que formaban la música:
él habló. Y yo escuché, como ningún árbol, y el lenguaje
                  penetró mis raíces
                                    desde la tierra,
                          mi tronco
                                    desde el aire,
                          los poros de mis brotes más verdes,
                                    suave como el rocío,
y no hubo palabra que él cantara cuyo significado yo ignorase.
Me habló de viajes,
              de dónde van el sol y la luna cuando quedamos a oscuras,
   de un viaje bajo tierra que soñaba hacer alguna vez
más allá de las raíces…
Habló de los sueños del hombre, de las guerras, las pasiones, los pesares,
         y yo, un árbol, comprendí las palabras —ah, si parecía que
mi corteza sólida iba a abrirse como se abre un pimpollo
                                   que creció demasiado rápido en primavera
cuando lo hiere una helada tardía.

                                          Cantó del fuego,
el que los árboles temen, y yo, un árbol, me deleité en sus llamas.
Me brotaron capullos en mitad del verano.
       Como si su lira (ahora conocía el nombre)
       fuese tanto la escarcha como el fuego, subieron sus acordes
arrasando hasta mi corona.
                      Fui semilla otra vez.
                               Fui helecho en el estanque.
                                        Fui carbón.

Y en el corazón de mi madera
(así de cerca estuve de convertirme en hombre o en dios)
       había una especie de silencio, de enfermedad,
           algo, como eso que los hombres llaman hastío,
                                                algo, dijo él,
(y el poema bajó un tono, como un río sobre las piedras)
               que puede enfriar una vela
                    pese al vaho de su ardor.

Fue entonces,
                         cuando en la gloria de su fuerza, que
                                                                  me alcanzó y me cambió
                         y creí que iba a voltearme,
que el cantor me empezó
                                                   a abandonar.              Lentamente
             salió de mi sombra del mediodía
                                                                         a plena luz,
las palabras saltaban y bailaban sobre sus hombros
y para mí
el río de tonos de la lira de a poco se fue
convirtiendo de nuevo
               en un rumor.

Y yo
          aterrado
                          pero sin dudar 
                                                      de lo que debía hacerse
con angustia, con urgencia
                                                 arranqué de la tierra raíz por raíz,
con el suelo retumbando y agrietándose, y el musgo hecho pedazos—
y detrás de mí, los otros: mis hermanos
olvidados desde el alba. Ellos también
habían oído desde el bosque
y tiraban con dolor de sus raíces
bajo una capa de mil años de hojas muertas,
        apartando las rocas,
                                             liberándose
                                                                     de su
                                                                profundidad.
Cualquiera habría pensado que íbamos a perder el sonido de la lira,
                         y del canto
con tan terribles ruidos de tormenta, donde no había tormenta,
                     ni más viento que el agitarse de nuestras
           ramas, nuestros troncos que hendían el aire.
                      Pero ¡la música!
                                                    La música llegaba hasta nosotros.

Torpemente,
                        tropezando con nuestras raíces,
                                                                                haciendo crujir las hojas
                                                                                                    como respuesta,
avanzamos, seguimos.

Todo el día seguimos, colina arriba y colina abajo.
                                                                                        Aprendimos a bailar,
porque él paraba, donde el terreno era llano,
                                                                                     y las palabras que decía
nos enseñaban a saltar y a girar para un lado y para el otro
alrededor nuestro   a trazar figuras   con el diseño de la lira.
El cantor
                   al vernos, reía hasta llorar de contento.
                                                                                           Al atardecer
vinimos a este lugar donde estoy ahora, a esta loma
con su arboleda añosa, que entonces apenas era pasto.
           Bajo la última luz de aquel día su canto se fue volviendo
despedida.
         Él calmó nuestro anhelo.
         Devolvió nuestras raíces secas a la tierra
y las regó: toda la noche una lluvia de música tan leve
                                                                                        que casi 
               no podíamos oírla  
                                                        en la oscuridad sin luna.
                                   
Para el amanecer se había ido.
                                                       Desde entonces estamos aquí,
en nuestra vida nueva.
                                          Esperamos.
                                                                Y él no vuelve.
Dicen que emprendió su viaje bajo la tierra, y que perdió
lo que buscaba.
                             Dicen que lo derribaron
y cortaron sus miembros para hacer leña.
                                                                         Y dicen
que su cabeza todavía cantaba y que, cantando, la arrojaron al mar.
Puede que no vuelva nunca.
                                                Pero lo que vivimos sí
vuelve a nosotros.
                                  Vemos más.
                             Sentimos, a medida que aumentan nuestros anillos,
algo que nos tira de las ramas, que nos extiende las hojas
                                                      más distantes
todavía más allá.
        Ni el viento ni los pájaros,
                                                        suenan más pobres, sino más claros,
recordándonos nuestra agonía, y de qué modo bailamos.
¡La música!


Versión en castellano de Sandra Toro.


A Tree Telling of Orpheus


White dawn. Stillness.       When the rippling began
   I took it for sea-wind, coming to our valley with rumors
   of salt, of treeless horizons. But the white fog
didn't stir; the leaves of my brothers remained outstretched,
unmoving.
         Yet the rippling drew nearer—and then
my own outermost branches began to tingle, almost as if
fire had been lit below them, too close, and their twig-tips
were drying and curling.
                                               Yet I was not afraid, only
                                               deeply alert.

I was the first to see him, for I grew
         out on the pasture slope, beyond the forest.
He was a man, it seemed: the two
moving stems, the short trunk, the two
arm-branches, flexible, each with five leafless
                                           twigs at their ends,
and the head that's crowned by brown or gold grass,
bearing a face not like the beaked face of a bird,
         more like a flower's.
                              He carried a burden made of
some cut branch bent while it was green,
strands of a vine tight-stretched across it. From this,
when he touched it, and from his voice
which unlike the wind's voice had no need of our
leaves and branches to complete its sound,
                                          came the ripple.
But it was now no longer a ripple (he had come near and
stopped in my first shadow) it was a wave that bathed me
             as if rain
                       rose from below and around me
             instead of falling.
And what I felt was no longer a dry tingling:
         I seemed to be singing as he sang, I seemed to know
         what the lark knows; all my sap
             was mounting towards the sun that by now
                 had risen, the mist was rising, the grass
was drying, yet my roots felt music moisten them
deep under earth.

             He came still closer, leaned on my trunk:
             the bark thrilled like a leaf still-folded.
Music! There was no twig of me not
                              trembling with joy and fear.

Then as he sang
it was no longer sounds only that made the music:
he spoke, and as no tree listens I listened, and language
                  came into my roots
                                    out of the earth,
                     into my bark
                                    out of the air,
                     into the pores of my greenest shoots
                                    gently as dew
and there was no word he sang but I knew its meaning.
He told me of journeys,
              of where sun and moon go while we stand in dark,
   of an earth-journey he dreamed he would take some day
deeper than roots...
He told of the dreams of man, wars, passions, griefs,
         and I, a tree, understood words—ah, it seemed
my thick bark would split like a sapling's that
                                   grew too fast in the spring
when a late frost wounds it.

                                          Fire he sang,
that trees fear, and I, a tree, rejoiced in its flames.
New buds broke forth from me though it was full summer.
       As though his lyre (now I knew its name)
       were both frost and fire, its chords flamed
up to the crown of me.
                      I was seed again.
                               I was fern in the swamp.
                                        I was coal.

And at the heart of my wood
(so close I was to becoming man or a god)
       there was a kind of silence, a kind of sickness,
           something akin to what men call boredom,
                                                something
(the poem descended a scale, a stream over stones)
               that gives to a candle a coldness
                    in the mist of its burning, he said.

It was then,
            when in the blaze of his power that
                               reached me and changed me
            I thought I should fall my length
that the singer began
                     to leave me.        Slowly
               moved from my noon shadow
                                        to open light,
words leaping and dancing over his shoulders
back to me
               rivery sweep of lyre-tones becoming
slowly again
               ripple.

And I
          in terror
                   but not in doubt of
                                          what I must do
in anguish, in haste,
                     wrenched from the earth root after root,
the soil heaving and cracking, the moss tearing asunder—
and behind me the others: my brothers
forgotten since dawn. In the forest
they too had heard,
and were pulling their roots in pain
out of a thousand years' layers of dead leaves,
        rolling the rocks away,
                               breaking themselves
                                                  out of
                                               their depths.
You would have thought we would lose the sound of the lyre,
                         of the singing
so dreadful the storm-sounds were, where there was no storm,
                     no wind but the rush of our
           branches moving, our trunks breasting the air.
                      But the music!
                                    The music reached us.

Clumsily,
         stumbling over our own roots,
                                      rustling our leaves
                                                 in answer,
we moved, we followed.

All day we followed, up hill and down.
                                      We learned to dance,
for he would stop, where the ground was flat,
                                         and words he said
taught us to leap and to wind in and out
around one another    in figures     the lyre's measure designed.
The singer
          laughed till he wept to see us, he was so glad.
                                                    At sunset
we came to this place I stand in, this knoll
with its ancient grove that was bare grass then.
           In the last light of that day his song became
farewell.
         He stilled our longing.
         He sang our sun-dried roots back into earth,
watered them: all-night rain of music so quiet
                                              we could almost
                 not hear it in the
                                   moonless dark.
By dawn he was gone.
                    We have stood here since,
in our new life.
               We have waited.
                              He does not return.
It is said he made his earth-journey, and lost
what he sought.
               It is said they felled him
and cut up his limbs for firewood.
                                   And it is said
his head still sang and was swept out to sea singing.
Perhaps he will not return.
                           But what we have lived
comes back to us.
                 We see more.
                             We feel, as our rings increase,
something that lifts our branches, that stretches our furthest
                                                      leaf-tips
further.
        The wind, the birds,
                            do not sound poorer but clearer,
recalling our agony, and the way we danced.
The music!



(de Poems 1968-1972, New Directions Publishing, New York, 1987)